En su último disco, la pianista francesa revisita dos concertos de Mozart.
Retrato de una pianista extraordinaria.

Solo jura por Brahms, Chopin, Schumann, Rilke y Van Gogh
Un apartamento en la aldea de Weggis, a los pies del Monte Rigi, con vistas sobre el lago de los Cuatro Cantones por el que navegan barcos a vapor . Aquí residen, desde hace tres años, Hélène Grimaud, su compañero, el fotógrafo Mat Hennek, y Chico, el pastor alemán que imaginamos acompaña a la pianista internacional en sus carreras por las llanuras circundantes de Vitznauerstock, Bürgenstock y Pilatus. Un enclave romántico, a imagen y semejanza de aquella que solo jura por la música de Brahms, de Chopin y de Schumann, las Cartas a un joven poeta de Rilke y los paisajes atormentados de los cuadros de Van Gogh. "Cuando vine a tocar en el Festival de Lucerna, hace algunos años, me enamoré de esta región de energía telúrica, de cielos cambiantes a cada segundo y, por si esto fuera poco, lugar de residencia de Rachmaninov", nos confía.

Que todos aquellos preocupados por la suerte que correrán "sus" lobos se queden tranquilos: no los ha abandonado y comparte su tiempo entre Suiza y el Wolf Conservation Center que hizo construir en South Salem, al norte de Nueva York, en 1997, y abierto al público dos años más tarde. "Simplemente he tomado un poco de distancia para encontrar un nuevo equilibrio. Primero en mi vida artística: a fuerza de ocuparme de mi centro que actualmente recibe 20.000 visitantes cada año, solo daba recitales, no tenía tiempo ni para los conciertos con la orquesta, ni para la música de cámara; actividades que nos sacan de nuestra soledad y que nos ayudan en nuestro desarrollo musical. Y, por otra parta, estaba el interés de la fundación de adquirir cierta autonomía, de encontrar un sistema de gestión democrática, sin perder de vista nuestra misión inicial que es reubicar especies amenazadas en su hábitat natural."
Aunque la pasión que Hélène Grimaud siente por los lobos ha contribuido de manera importante a su mediatización, hace más de 25 años que los melómanos la conocen: poco después de haber obtenido su primer premio de conservatorio a los 15 años, graba con Denon un disco de fragmentos de Rachmaninov que ya revela su predisposición hacia las piezas menos briosas. Todos aquellos que han escuchado a la pianista pueden dar fe de su personalidad intensa que ni el éxito ni la notoriedad han mermado. Sobre el escenario, el resultado es una expresividad efervescente, un estilo vigoroso y tierno.
De Pierre Boulez a Valeri Guerguiev, los más grandes directores de orquesta contemporáneos siguen sucumbiendo a sus encantos.
En un principio, había grabado este programa con Claudio Abbado, que, a los 78 años, era una leyenda de la dirección de orquesta. Sin embargo, su desacuerdo con las decisiones artísticas la impulsa a grabar otro disco con el mismo programa del concierto, pero sin director y junto a la Orquesta de la radio bávara.
Y el público se lanzó masivamente a comprar sus discos. Cuestionada sobre el escándalo provocado por estas "desavenencias", ella explica: "La industria musical carece de espontaneidad, todo es demasiado programado, cada vez tenemos menos margen para reaccionar. He querido demostrar precisamente lo contrario y, sobre todo, no ceder en lo esencial, es decir, la integridad artística."
¿Su vida y su carrera serían tan singulares hoy si no se hubiera arriesgado tanto en cada paso? Hubiera podido regresar a Francia, tras la serie de conciertos en EE. UU. a comienzos de los años '90, junto a Daniel Barenboim, pero prefirió instalarse en el norte de Florida. Aquí conoció a Alawa, mitad loba, mitad perra, que acudió a frotarse la cabeza entre sus manos. La música la había salvado una primera vez, los lobos la salvaron una segunda y, más tarde, los médicos una tercera: tras una neumonía y problemas cardiacos, recibió tratamiento por un cáncer de estómago, explicación de la anulación reciente de algunos de sus conciertos y en la algunos se habían apresurado a ver la muestra de un carácter caprichoso. Aunque conectada con la naturaleza desde su infancia – sus sueños infantiles eran convertirse en veterinaria –, Hélène Grimaud profesa un amor profundo por Manhattan, cuyo frenesí irresistible ha convertido a más de uno en adicto a las grandes ciudades.
Recientemente, estuvo de visita en Francia, por invitación de la Cité de la musique, que le ha dado carta blanca para programar los conciertos. "Hacía 25 años que no pasaba una semana entera en París. No tuve oportunidad para ir de compras, ni para ir al teatro, ni para ir de restaurantes, no vi nada durante mi estancia excepto la maqueta y la obra del futuro auditorio para la Filarmónica concebido por Jean Nouvel: un lugar que promete ser excepcionalmente hermoso y que abre perspectivas emocionantes para la música en Francia." ¿Salvaje? Hélène Grimaud siempre lo es un poco. Pero si te la cruzas en pleno bosque o si la divisas a orillas de un lago, no dudes en acercarte a ella: ama al ser humano y a los lobos por igual.
* Mozart: Piano Concertos Nº 19 (K.459) y Nº 23 (K.488), por Hélène Grimaud, Radoslaw Szulc, Mojca Erdmann (Deutsche Grammophon).